Yo todavía no he podido escribir desde la Diáspora. Primero porque considero la diáspora un constructo imaginario, irreal, metafórico y poético. Una transitoriedad de la dominicanidad y no lo inverso. Una dominicanía en fuga de lo que no hemos sido y de lo que hemos renunciado a ser o a pertenecer temporalmente. Ya que no puede haber Diáspora cuando el Estado y los gobiernos se empeñan temerosamente a permitir un puente y un retorno oficioso. Esto por la vía de la doble ciudadanía y con el voto en el exterior. No puede haber Diáspora cuando es auto-impuesto este exilio voluntario por elección silenciosa y terca. Tan silenciosa y terca como ignorante es la Diáspora. Por su nostalgia presente y lastimosa. Por su presencia y ausencia familiar tristemente cerca y distante. Todo esto es, en consecuencia, lo que yo he llamado, alguna vez, Anti-Diáspora. Ni adentro ni afuera. Ni un aquí y allá lejano o cerca. Solo una transitoriedad fallida de lo que somos en lo imaginario del recuerdo. Más que escritor en la Diáspora he venido a ser una especie de auto-compilador. Un crítico de mi mismo. Estudioso de mi historia escriptural que de repente se edita en antología personal, reescritura en la imprenta de textos fatuos, inmemoriosos y nuevos. Es decir, he reescrito más que escribir y me he convertido en un auto-publicador más que publicar. Todavía no he podido escribir desde el espacio de una nueva memoria en New York o en Inwood o en Washington Hieghts. Nombres y casas, cosas y objetos me son ajenos, desconocidos e impropios. Todavía no he podido articular una memoria privada que se llene de palabras y de letras y que recree desde el Inconsciente de los sueños la literatura autentica, sabia, impersonal y nuestra. No ha aparecido un poema o un Metapoema, en mi caso, memorable y escribible. Todo lo hice y lo dejé en la Diáspora de los recuerdos de Santo Domingo, Mi Quisquilla La Bella, San Juan de la Maguana, La UASD, La Zona Colonial, los amigos, los enemigos, los familiares y toda aquella infancia que pobló el lenguaje o el metalenguaje de los sueños con espectros y fantasmas verbales. Y es que yo vine a resider o a quedarme en New York en 1993 con la excusa de estudiar y trabajar. Terminé trabajando primero y luego por vergüenza o responsabilidad estudiando. Por que para qué sirve el inmenso mal y mar del Capitalismo sino para seducirlo, conocerlo, mofarse de él, escamotearlo y dejarse engañar y atrapar por sus grandes puertos y entuertos vestidos de consumismo. Por que para qué sirve ese espacio de sueño universal que se llama Capital del Mundo sino para imitarlo, copiarlo, satisfacerlo y apropiarse de sus monumentos, torres, imperios y apabullante artefacto del arte y la cultura neoyorquina. El verdadero rostro de escribir desde la Diáspora posee un semblante maldito y azaroso. A menos que uno se construya una diáspora imaginario narcisista y agobiante, irresponsable y funesta como la que se construye el desamparado con la sola idea de vivir de la nada, del aire, de la sobrevivencia, del otro, del benefactor, del dador inmisericorde y familiar. No se puede, en consecuencia, escribir desde la Diáspora sin una falta Lacaniana, una perdida imperturbable y eterna. Sin un vació o hueco en el Inconsciente. De esa falta que se cifra en lo imposible de decir y de nombrar. De hecho ya quedó perdido con la partida el espacio personal y propio. La familia y los hijos. El suelo patrio y los mundos paralelos tan necesarios a la inocencia del lenguaje, al origen del verso y del poema. Muchas gracias.
Sábado 30 de abril de 2005
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